sábado, 24 de agosto de 2019

Cómo motivarnos y motivar a otros

No puedes dejar de  tener motivación. 

Al despertar, ¿por qué te pones en movimiento? Tal vez ya no tengas sueño y quieras cambiar de lugar; tal vez necesites ir al baño o comer algo; puede ser que tengas afán de asearte o alistarte para ir a estudiar o trabajar; o quieras prepararle el desayuno a quien vive contigo. 


Te levantas por algo; tienes un motivo o varios motivos para ponerte en movimiento. 

¿Qué te motiva?, ¿Cómo motivas a los demás?, ¿En qué necesitas mayor motivación? 


El ponerse en movimiento por cualquier razón, se suele denominar “conducta motivada”; las razones para hacerlo, “motivos” y la relación entre la “conducta motivada” y los “motivos”, es la “motivación”. 

Por ejemplo, te despertaste porque sonó la alarma que habías activado la noche anterior en tu celular, porque tienes una entrevista de trabajo, porque quieres arreglarte muy bien y debes desayunar bien, porque el sitio de la entrevista está alejado y necesitas contar con suficiente tiempo para el transporte, etc. 

Cada una de las actividades que vas haciendo corresponden a una “conducta motivada”: abrir los ojos, salir de la cama, ir al baño, lavarte los dientes, ducharte, vestirte, preparar un desayuno, transportarte, etc. 


Cada conducta puede ser el “motivo” de la siguiente o de la anterior: sales de la cama para ir al baño, te duchas para poder vestirte, etc. O, sales de la cama porque ya es hora de levantarte -sonó la alarma-, te preparas el desayuno porque ya te alistaste, etc. 

Todas estas conductas constituyen tu “motivación”: estar bien presentado, a tiempo y cómodo en tu entrevista de trabajo. 


Por lo tanto, podemos decir que todos los días tenemos “conductas motivadas” por diferentes “motivos”; igualmente, lo que hacemos todos los días responde a la “motivación” que tenemos. 

Sin embargo, nos hemos acostumbrado a confundir la motivación con el entusiasmo. En este caso estaremos más dispuestos a pensar que si te levantas rápido, te arreglas muy bien y estás optimista con tu entrevista, tu motivación es muy alta; en cambio, si te cuesta levantarte, te arreglas normal o con algo de descuido y no te haces muchas ilusiones con la entrevista, tu motivación es muy baja. 


Probablemente, la confusión se haya generado por los usos aplicados del concepto de “motivación”, esto es, por la intención de entender y usar la motivación en la educación, el aprendizaje, el trabajo, la adherencia a los tratamientos médicos, el deporte, etc. 


En estos contextos aplicados, la motivación se interpreta como el resultado de tres factores o criterios (Beck, 1978): 

Preferencia: es la inclinación a escoger una opción entre otras disponibles, en función de los resultados deseados. 

Persistencia: es el tiempo que se le dedica a la actividad y la inclinación a mantenerse en ella. 

Vigor: es la intensidad, fuerza, energía o dedicación con la que se realiza la actividad. 


En general, en la psicología aplicada, se acepta que la motivación es un factor de aquellas conductas que tú prefieres, persistes y realizas con vigor. 

Por ejemplo, tienes motivación cuando: todas las mañanas organizas tu habitación aunque estés de afán; todos los días haces las tareas y las lecturas que te han puesto en el colegio o la universidad; cumples con tus funciones y colaboras con otros, a pesar de las cargas de trabajo o las circunstancias; vas a las terapias o te tomas los medicamentos cumplidamente; te esfuerzas en tus entrenamientos y lo haces con disciplina. 


Ahora bien, si tú quieres motivarte a ti mismo o motivar a otros, la Teoría de la Autodeterminación (Deci y Ryan, 2015) nos ha ayudado a comprender que: 
  • Puedes actuar con base en motivos tuyos o ajenos (normas, incentivos o consecuencias) que para tí valgan la pena. 
  • Puedes encontrar actividades que disfrutes hacer sin necesitar otros motivos. 

En todo caso, la auténtica motivación se relaciona con las actividades que satisfacen alguna de nuestras necesidades fisiológicas o psicológicas. Si tú tienes una necesidad insatisfecha es mucho más probable que hagas algo mostrando preferencia, persistencia y vigor en ello. 

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sábado, 17 de agosto de 2019

El cuidado del desarrollo saludable

El desarrollo normal y la salud como un reto a lo largo de la vida. 


En época de lluvias o de frío intenso, cuando sentimos algún malestar en el cuerpo o en la garganta, decimos “Me estoy enfermando”. 

¿Cómo cuidas tu salud?, ¿Qué haces para recuperar tu salud?, ¿Cuáles ámbitos de tu salud están en riesgo? 

Por experiencia sabemos qué es la enfermedad y qué es la salud; igualmente, cuándo “estamos enfermando” o cuándo “nos estamos aliviando”. 

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Al fin y al cabo, en nuestra vida cotidiana nos interesa estar bien de salud o recuperarla lo más pronto posible, cuando hemos estado enfermos. 

Sin embargo, no es lo mismo experimentar la salud que reflexionar acerca de la salud. Esto último interesa a educadores, profesionales de la salud, gobernantes y organismos multilaterales, en su rol de promotores de la salud individual o comunitaria. 

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Tradicionalmente la salud fue definida como la ausencia de enfermedad. No obstante, la Organización Mundial de la Salud propuso que debe entenderse como un “estado de completo bienestar físico, mental y social”; esta definición implica una visión integradora del ser humano y su entorno. 

Sin embargo, es bastante improbable que alguien tenga ese “completo bienestar” y, mucho menos, que lo mantenga de manera constante, a lo largo de su vida. 

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Por eso, recientemente, algunos profesionales han sugerido que la salud es la “capacidad de adaptarse y manejar los desafíos físicos, emocionales y sociales que se presentan durante la vida” (Knottnerus y otros, 2011). 

En todo caso, la salud se refiere a los aspectos físicos, cognitivos y sociales de nuestro bienestar o de nuestra capacidad de adaptación. 

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Ahora bien, desde la perspectiva del desarrollo, es decir de los cambios y transformaciones que las personas tenemos a lo largo de nuestra vida, se habla de “desarrollo saludable” (Julia García): 
  • Ausencia de enfermedad o baja probabilidad de enfermar. 
  • Buen funcionamiento físico y mental. 
  • Bienestar psicológico: optimismo, felicidad; afrontamiento adecuado ante los problemas que se plantean en la vida. 
  • Bienestar subjetivo: sentirse bien consigo mismo; autoaceptación. 
  • Relaciones positivas con los demás. 
  • Satisfacción con la vida. 
  • Participación y compromiso con la vida. 
  • Crecimiento personal. 
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En el caso de los niños y adolescentes, el desarrollo saludable depende particularmente de los cuidados que podemos brindar los padres, de la nutrición, de su crecimiento y del control de los riesgos en los que ellos se crían y se desenvuelven. 

De manera general, hay otros factores de desarrollo saludable a lo largo de la vida, incluyendo juventud, adultez y vejez: ejercicio físico, educación, actividad mental desafiante, autonomía, competencias, relaciones positivas con el entorno. 

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Desde el punto de vista netamente psicológico, los ámbitos a los que se refiere el desarrollo saludable, podrían ser: 
  • Cognitivo: conjunto de habilidades para procesar información del medio ambiente, adquirir nuevos conocimientos e integrar la información con los conocimientos. 
  • Intencional: corresponde a cualquier estado interno que dirija el organismo hacia objetivos, metas o fines, tales como las emociones, los sentimientos o las motivaciones. 
  • Personalidad: conjunto de patrones o comportamientos característicos de un individuo que se manifiesta en diferentes situaciones y que permanece relativamente invariable a lo largo del tiempo. 
  • Social: pensamientos, sentimientos y comportamientos del individuo que interactúan con la conducta o la personalidad de las demás personas. 
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Los psicólogos que han acogido el enfoque de “desarrollo de habilidades”, sostendrían que el desarrollo saludable de los seres humanos implica la adquisición, fortalecimiento y mantenimiento de habilidades: 
  • Cognitivas y emocionales: Comprender y transformar a sí mismo, el medio ambiente y a los demás. 
  • De autodeterminación: fortalecer el cuerpo, la personalidad y consolidar el bienestar físico y afectivo. 
  • Sociales: armonizar las necesidades individuales con la implicación social. 
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Por encima de la reflexión que podamos hacer acerca del desarrollo saludable, lo más importante es que cuidemos las condiciones de vida en las que nuestros hijos, estudiantes, y nosotros mismos, vivimos y nos desarrollamos. 

Lo anterior tiene que ver directamente con la satisfacción de nuestras necesidades biológicas, psicológicas y sociales. 

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sábado, 10 de agosto de 2019

¿Buena relación o simple capricho?

La importancia de la relación positiva para nuestro bienestar. 



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A veces tratamos muy mal a las personas que más amamos, dejamos pasar oportunidades para construir relaciones de amistad o nos distanciamos de personas que necesitamos y nos necesitan. 

¿Con quienes tienes una relación sólida?, ¿Qué cuidas y valoras en la relación con los demás?, ¿Cuáles relaciones puedes mejorar? 


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Como seres sociales que somos, necesitamos experimentar relaciones positivas con los demás, es decir, sentirnos conectados con quienes nos aceptan, nos agradan, nos hacen bien o nos brindan afecto. 

Cuando tenemos relaciones positivas con los demás, nuestra salud y bienestar psicológico resultan fortalecidos. 


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Sin embargo, a menudo nos involucramos en conflictos con los demás o nos distanciamos de nuestros familiares, colegas o amigos, incluso por simples nimiedades. 

Las soluciones, posiciones y objetivos contradictorios, con frecuencia, no son tema de reflexión y diálogo entre las personas involucradas sino un pretexto para descalificarlas y señalarlas como fuente de nuestras desgracias. 


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Si fuéramos capaces de distinguir entre el problema y la persona, podríamos aplicar esa valiosa estrategia de negociación guiada por la consigna de “Duro con el problema y suave con la persona”. 

Desafortunadamente en nuestras relaciones muchas veces predomina el “Duro con la persona y suave con el problema”, con la consecuencia de que nuestra necesidad esencial y universal de relación, resulta frustrada e insatisfecha y degradamos nuestra existencia. 


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Como padres y educadores, pero también como buenos amigos, vecinos o colegas, necesitamos cuidar la calidad de nuestra relación con nuestros hijos, estudiantes o compañeros de vida, de manera que tales relaciones nos nutran psicológicamente. 


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Las relaciones más positivas, en el sentido de necesidad psicológica satisfecha, son aquellas que: 

Satisfacen nuestra autonomía y competencia 


Promueven la autonomía y el desarrollo de competencias en las personas, lo que en términos legales suele llamarse “el libre desarrollo de la personalidad”. 

Se sabe que una relación positiva entre padres y adolescentes, incorpora una creciente autonomía de los hijos (Ryan & Lynch, 1989; Ryan et al., 1994). Es la paradoja de un “nosotros” fuerte con un “ellos” decidiendo su propio caminar. 


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Generan motivación 


Estimulan la adopción de creencias, sentimientos y acciones que impulsan a las personas a disfrutar más lo que hacen y hacer lo que más disfrutan. 

Las personas tendemos a internalizar las opiniones, los significados, actitudes, costumbres y retos de otras personas que nos resultan significativas -padres, maestros, amigos, “influencers”- para satisfacer nuestra necesidad psicológica básica de relación. 


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Cuando internalizamos ese material brindado por las personas que nos importan, experimentamos la satisfacción de nuestra necesidad de relación y, también de nuestras necesidades de autonomía y competencia. 

De manera que si queremos distinguir una relación nociva de una relación positiva, más que apuntar hacia las personas (difícilmente puede afirmarse que haya “personas tóxicas”), debemos enfocarnos en lo que intercambiamos en tales relaciones: aceptación y reconocimiento mutuo, ojalá, para vivir momentos felices. 


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De ello dependerá que cada una de nuestras relaciones sea un "simple capricho" o algo muy positivo para nuestra vida.

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sábado, 3 de agosto de 2019

Comprueba si actúas con autonomía

Cuatro evidencias de la autonomía y sus beneficios. 

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Los más pequeños quieren vestirse solos o amarrarse los zapatos, pero no los dejamos porque el bus del colegio ya va a recogerlos; los más grandecitos quieren salir al centro comercial con sus amigos, pero no los dejamos porque conocemos los peligros; los adolescentes quieren mandarse a sí mismos, pero no los dejamos porque podrían caer en excesos.

¡Cuesta mucho trabajo cultivar la autonomía en nuestros hijos!  

¿Cómo cultivas tu propia autonomía?, ¿En qué eres o quieres ser autónomo?, ¿Cómo fomentas la autonomía en los demás? 

Como padres o educadores, queremos que nuestros hijos y estudiantes sean valientes, saludables, optimistas, alegres, solidarios y libres. Que vivan felices. 

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Uno de los componentes de la felicidad es la motivación intrínseca, es decir, esa fuerza interior y el gozo que experimentamos cuando una actividad es “realizada por la satisfacción inherente que ocasiona la actividad por sí misma” (Deci y Ryan, 2000). 

La investigación empírica ha logrado demostrar que los padres que favorecen la autonomía de sus hijos, fortalecen su motivación intrínseca (Grolnick, Deci, & Ryan, 1997). 

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Igualmente, los maestros que apoyan la autonomía, facilitan y aceleran efectivamente la motivación intrínseca, la curiosidad y el deseo consciente de desafío en los estudiantes (Deci, Nezlek, & Sheinman, 1981; Flink, Boggiano, & Barrett, 1990; Ryan & Grolnick, 1986), que son factores muy importantes para el aprendizaje. 

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En resumen, la autonomía es un catalizador de la motivación intrínseca y, eventualmente, de otras conductas relacionadas con el disfrute de la vida y la felicidad auténtica. 

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La autonomía es una de las tres necesidades psicológicas, que la Teoría de la Autodeterminación ha identificado, y también es una característica del comportamiento que queremos incentivar en nuestros hijos o educandos. 

Los niños y jóvenes, así como los adultos, reconocemos claramente las situaciones que favorecen nuestra autonomía, cuando: 

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1. Tenemos un sentido de elección personal en nuestras decisiones, acciones y relaciones: nosotros escogemos opciones para resolver problemas, actividades y maneras de relacionarnos con los demás. 

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2. Reconocemos, y los otros reconocen, como válidos nuestros sentimientos: nosotros tenemos emociones y sentimientos legítimos, sin el peso del señalamiento o la reprobación social. 

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3. Identificamos oportunidades para nuestra autodirección: nosotros encontramos espacios y momentos concretos para ejecutar las actividades y cultivar las relaciones que queremos. 

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4. Creemos que nuestros resultados dependen de nuestras propias acciones: nosotros “sabemos” que las situaciones que vivimos, los resultados y las consecuencias que experimentamos, dependen en gran medida de lo que hacemos, es decir, que están bajo nuestro propio control. 

Si queremos desarrollar la autonomía, necesitamos crear condiciones favorables, esto es, condiciones que integren decisiones personales, aceptación de sentimientos, autodirección y “locus interno” de control. 

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La promesa implícita en el fortalecimiento de la autonomía es la motivación intrínseca que contribuye a la alegría de vivir. 

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sábado, 27 de julio de 2019

Campeón del Tour de Francia

El desarrollo de competencias es clave en nuestra vida. 

Egan Arley Bernal Gómez, un joven de veintidós años viste la camiseta amarilla como líder del Tour de Francia, apenas cuatro años después de haber dejado la práctica de Mountain Bike (MTB). Para cambiar al ciclismo de ruta, tuvo que aprender nuevas competencias. 

¿Cuáles son tus competencias?, ¿Qué contextos puedes enfrentar con confianza?, ¿En qué situaciones requieres nuevas competencias? 

Nuestro ciclista integró habilidades, conocimientos, intereses y valores relacionados con el ciclismo de montaña, desde que tenía once años; a los diecinueve, su fuerza, resistencia y equilibrio serían la base para desarrollar las nuevas competencias para el ciclismo de ruta…, pero no eran suficientes. 


El terreno, la bicicleta, la exigencia física, la técnica, la interacción con los demás ciclistas, la estrategia de carrera y los riesgos enfrentados, son muy diferentes en ambas modalidades deportivas. Nuestro ciclista contaba con una base sólida pero tenía que desarrollar nuevas competencias para poder estar entre los mejores. 


La vida también es un proceso de desarrollo de competencias. Las etapas vividas nos preparan para afrontar nuevas etapas, pero no nos eximen de desarrollar nuevas competencias. 


El término competencia tiene dos significados: 
  • Un saber-hacer-en-contexto: el dominio de una actividad en un determinado campo. 
  • Un desempeño sobresaliente: un dominio por encima del promedio. 

El campeón 2019 del Tour de Francia, pudo demostrar su competencia con un excelente dominio de la bicicleta, del trabajo en equipo, de la dosificación de su energía y de la estrategia para correr, en el contexto de la carrera más importante y exigente en el ciclismo de ruta. 

Competencia que fue ratificada por el hecho de tener un desempeño excepcional: excelentes condiciones físicas y mentales, comparándolo con otros jóvenes, aún de su mismo equipo. 


Egan Bernal es un testimonio de que el desarrollo de competencias es un proceso con características biopsicosociales, es decir, implica la integración de componentes físicos, cognitivos y culturales, en la práctica excelente de una actividad. 


El desarrollo de competencia fortalece nuestra eficacia y nuestra motivación. Al fin y al cabo, la competencia personal es una de las necesidades psicológicas que construyen la motivación intrínseca, de acuerdo con lo que la Psicología de la Autodeterminación ha podido identificar. 


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sábado, 20 de julio de 2019

¿Cómo podemos ser más eficaces?

Una hermosa oportunidad de plenitud personal. 


“Ganarnos la vida”, no depender de otros, es una consigna que adquiere importancia en algún momento de nuestra adolescencia o juventud. 

¿Cuáles son tus competencias?, ¿Con qué actividades creas valor para los demás?, ¿Cómo fortaleces tu autonomía? 


Ser capaces de ganarnos la vida por nosotros mismos es una función de nuestro modo de vida y, específicamente, de nuestra capacidad para ser eficaces. 

Desde los tiempos de los cazadores o de los primeros recolectores de frutas, los seres humanos tuvimos que ser eficaces en algunas tareas para poder sobrevivir. Esta eficacia, seguramente, fue el resultado de aprender técnicas de los mayores y de colaborar con otros. 


La vida hoy también nos exige ser eficaces: tenemos que ser competentes para realizar alguna actividad de valor para los demás, de manera que recibamos a cambio bienes o recursos importantes para nuestra subsistencia. 

Sin embargo, muchas personas que son eficaces en sus actividades, incluso con altos niveles de competencia, no disfrutan su vida, tanto como ellas quisieran. 


No es conveniente, sin más, promover la eficacia como un estándar de vida o como el indicador más significativo de la formación académica y laboral. El resultado no es suficiente para determinar el nivel de competencia de las personas. 


Ser verdaderamente competentes, es decir ser eficaces para “ganarnos la vida”, disfrutándola, implica tener: 
  • Alto desempeño, persistencia y creatividad (Deci & Ryan, 1991; Sheldon, Ryan, Rawsthorne, & Ilardi, 1997). 
  • Elevada vitalidad (Nix, Ryan, Manly, & Deci, 1999). 
  • Autoestima (Deci & Ryan, 1995). 
  • Bienestar general (Ryan, Deci, & Grolnick, 1995) 

Esto se consigue cuando nuestra eficacia se orienta a la realización de actividades que disfrutamos hacer y cuando experimentamos que hay una elección individual, esto es, un sentido de autonomía al hacerlas. 


Por eso, es muy importante que los padres de familia, educadores y líderes, en cualquier sector de la sociedad, trabajemos para el desarrollo de competencias siempre en el contexto de la motivación y autonomía personal; aquí juega el tradicional concepto de la vocación y la natural aspiración de “hacer lo que nos hace felices”. 


No obstante, no basta con el desarrollo de competencias en los campos de nuestra motivación intrínseca y autonomía; también, es necesario estimular el relacionamiento positivo con los demás: la capacidad para construir relaciones constructivas con otras personas, en las áreas de nuestra competencia, también nutre nuestro funcionamiento eficaz y nuestro bienestar (Deci y Ryan, 2015). 


Si queremos fortalecer nuestras familias, escuelas y organizaciones, es necesario que contribuyamos a mejorar la eficacia personal, creando contextos adecuados, esto es, que promuevan el desarrollo de competencias, la autonomía y las relaciones constructivas. 


Sólo así, la consigna de “ganarnos la vida”, dejará de ser una carga y se convertirá en una hermosa oportunidad de plenitud personal. 

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